EXPEDIENTE 001

¿Por qué hablar de colapso?

El colapso como objeto de investigación en el siglo XXI.


EXPEDIENTE DE INVESTIGACIÓN #001

Documento liberado

Archivo: CA-001

Estado: Investigación abierta

¿Por qué hablar de Colapso?

El colapso como objeto de investigación en el siglo XXI.

Nota del Laboratorio:

El año de 1977 es el comienzo del “No future” que los Sex Pistols gritaron en “God Save the Queen” por todos los rincones del Reino Unido como protesta en contra de la monarquía británica, pero también como signo de un horizonte político que parecía haber fenecido. Más tarde el thatcherismo convertiría esa consigna para introducirla dentro de la maquinaria capitalista y convertirla en otra consigna bajo el “There is No Alternative”. Ese fue el imaginario de todo aquello que fue metido en la caja de “lo neoliberal”, que no es más que otra cosa que un programa económico orientado al libre comercio sin restricciones, junto con baja intervención estatal. Porque no había otra alternativa más que la anarquía de la competencia capitalista. El reactor de la producción infinita devoró la subsunción formal y expulsó la subsunción real En las posteriores décadas, aquel programa se infiltro y condicionó no solo lo económico, sino también lo político y lo cultural. Ya decía Frederic Jameson en The Seeds of Time (1994): “Resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” y que después Mark Fisher y Slavoj Žižek retomaron para mostrar que el capitalismo había subsumido incluso nuestra imaginación política y existencial. Ese era el diagnóstico. El futuro dejó de ser una promesa. Se convirtió en una repetición. El capitalismo había dejado atrás el pasado. Controlaba el futuro. Desde allí dirigía el presente.

No hay alternativa: Capitalismo o muerte.

Todo parecía condensarse en: “es más fácil hablar del fin del mundo que del fin del capitalismo”.

O eso decían…

En el siglo XXI aquellas sospechas e intuiciones comenzaron a adquirir mayor masa crítica, puesto que las múltiples crisis que atraviesan nuestro presente —ecológicas, económicas, energéticas, tecnológicas, geopolíticas y sociales— han transformado aquello que durante mucho tiempo parecía una intuición filosófica en un verdadero problema de investigación. Las múltiples configuraciones y desviaciones en el sistema parecen apuntar a regresar a las bases fundamentales de la existencia. Vemos, pues, que el trabajo no es la única fuente de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es el padre de la riqueza material […] y la tierra es su madre. Karl Marx, El Capital

El atolladero de la sociedad contemporánea ya no puede reducirse a la crisis como categoría comodín, ese concepto que pareció capaz de nombrarlo todo. Quizá sea precisamente esa insuficiencia la que explica por qué, desde espacios de investigación muy distintos, otra palabra ha comenzado a abrirse paso: colapso.

Tiempo de salir de la zona de conforte.

Pero ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de colapso? Ese es el punto de partida de este expediente.

I. Introducción

Se ha configurado cierta plasticidad en torno a lo que precede a la palabra crisis como forma de describir a cualquier emergencia en el capitalismo: crisis financiera, crisis energética, crisis ecológica, crisis migratoria, crisis social, crisis económica, y un gran etcétera. La palabra comodín para nombrar a una recesión de pocos meses, una categoría de comodidad intelectual para describir las condiciones cada vez mas inhóspitas para habitar determinadas zonas del planeta.

No es que la definición de la palabra crisis sea falsa. Ha cumplido con las características para nombrar determinados fenómenos. En términos médicos, una crisis abre un terreno de posibilidades y de opciones para una recomposición. No podemos negar la capacidad de la maquinaria capitalista para convertir cualquier evento o existencia en zona de valorización. Esa capacidad de reorganizarse –de desterritorializar y reterritorializar– se mantiene intrínseca. La historia de este sistema comprueba la máquina de acción perfecta: las crisis son un mecanismo mediante el cual el sistema renueva sus condiciones de acumulación.

Pero si hoy estamos estancados en el “No hay alternativa” es precisamente porque esta palabra ya no es suficiente para entender a los problemas actuales. Hoy no se puede entender el problema de escasez hídrica en determinadas zonas del Sur Global sin que tengan conexiones con los grandes capitales transnacionales que evaden las regulaciones ambientales en estados donde la laxitud gubernamental es condición para hacerse de una pequeña cantidad del pastel de las ganancias extraordinarias. A esto todavía podemos sumarle los efectos que esto ocasiona en el mercado local; o bien, del desplazamiento poblacional que una escasez hídrica puede generar.

Ningún problema permanece aislado. Cada uno amplifica a los demás. El problema ha adquirido una complejidad diferente. Ya no es suficiente con identificar a una crisis entre las múltiples que existen. Es en este punto donde una de las herramientas más poderosas vuelve a tomar relevancia: el lenguaje.

El confinamiento de la palabra colapso por el imaginario cinematográfico y catastrofista ha sido liberado para insertarse dentro los espacios de investigación. La palabra colapso no debería de ser reducida a lo distópico ni a lo mesiánico.

En este primer acercamiento, Crítica Acelerada no pretende dar un paso hacia los juicios éticos de manera abrupta. Lo que pretende es cartografiar el estado actual del sistema. Con esto no pretendemos demostrar que el colapso sea inevitable. Tampoco defender una variante más del imaginario catastrofista.

Discutir el colapso implica, ante todo, cuestionar si el aparato conceptual con el que el capitalismo ha interpretado históricamente sus mutaciones resulta aún suficiente para explicar la contemporaneidad. Tal interrogante precede a cualquier diagnóstico empírico, en tanto que juicio ético.

Antes de evaluar si el colapso habrá de acontecer, debemos considerar si no nos encontramos pensando una realidad distinta mediante categorías y conceptos heredados de otro régimen.

Nuestro objetivo es reconstruir el problema conceptual que nos mueve a hablar hoy de colapso.

Pero ¿De qué hablamos exactamente cuando hablamos de colapso? ¿Se trata de una metáfora, de una predicción, de un concepto ¿político? o de una categoría analítica capaz de describir las transformaciones del siglo XXI? Preliminarmente intuimos que la respuesta depende menos del destino del capitalismo que de nuestra capacidad para comprender la naturaleza del tiempo histórico que habitamos.

II. La insuficiencia de la crisis

Durante casi dos siglos, el capitalismo encontró en la palabra crisis una de sus categorías más eficaces. No sólo para describir interrupciones de la acumulación. También para explicar guerras comerciales, depresiones, transformaciones tecnológicas, reorganizaciones geopolíticas y nuevos espacios de valorización.

Es por eso que se dice que la crisis no es una anomalía del capitalismo

…sino una de sus mecanismos de operación.

Que venía “chorreando sangre y lodo por todos los poros” Que es un vampiro que drena la materia y la energía de lo orgánico e inorgánico…

Que las crisis destruyan capital no conlleva necesariamente a la destrucción de la maquinaria. Todo lo contrario, el capitalismo necesita destruir capital para seguir funcionando, para crear condiciones para un nuevo ciclo de acumulación. Esa es la virtud de esta máquina de acción perfecta:

Capacidad para la reorganización después de cada ruptura Crisis= mecanismo de violencia perfecta para la recomposición. Crisis= suficiencia para comprender Comprender Que no hay alternativa Crisis infinita dentro de un planeta finito La Gran Depresión dio paso al fordismo. La crisis del petróleo reorganizó la geografía industrial. La crisis de los años setenta fagocito el modelo de sustitución de importaciones de la periferia La crisis financiera de 2008 aceleró la terciarización de la economía… … junto con ello el desvanecimiento del soft y del hard. Cada interrupción modificaba el sistema No cuestionaba su capacidad para reproducirse. Era solo un axioma del capital

Es probable que mucho antes de 2026, ese axioma estuviera vaporizado cuando se evidenció que las múltiples crisis no eran episodios meramente autónomos.

Los gráficos de La Gran Aceleración presentados por Will Steffen y su equipo demostraron desde 2015 que el crecimiento exponencial de variables económicas, tales como el Producto Interno Bruto (PIB) o la Inversión Extranjera Directa (IED), desde la época dorada del capitalismo, es directamente proporcional a la degradación de la biósfera, la acidificación de los océanos, el incremento térmico y el estrés hídrico, por mencionar algunos ejemplos.

Las gráficas dicen ya suficiente. La inflación ya no puede entenderse únicamente desde la política monetaria, porque existe una crisis energética –y una transición pendiente– que no puede separarse de la reorganización geopolítica mundial. Que la erosión del suelo y el incremento de gases contaminantes altera la producción agrícola. Que esa alteración implica la explosión urbana, que incrementa los incentivos para migrar; que eso a su vez es la materia prima que alimenta procesos de militarización.

Que la militarización reorganiza las cadenas globales de suministro. Que tales cadenas de suministro son satisfechas por las corporaciones militares, tecnológicas y financieras.

Cada proceso modifica las condiciones del siguiente Son bucles de retroalimentación Una arquitectura de interdependencias Erosiona la estabilidad económica Fractura la posibilidad de aislar aquello que intentamos explicar ¿Qué ocurre cuando el propio lenguaje con el que intentábamos cartografiar el presente deja de ser suficiente?

La pregunta no es menor. Si el sistema continúa acumulando capital mientras destruye simultáneamente las condiciones materiales, ecológicas, institucionales y sociales de su propia reproducción, entonces quizá no asistimos simplemente a una crisis más extensa que las anteriores. Quizá nos encontramos frente a un fenómeno cuya lógica ya no puede describirse mediante las reliquias del pasado. Porque no basta con afirmar que vivimos “una crisis sin precedentes”. Todas las generaciones tienden a describir su presente en esos términos. Tampoco basta con acumular indicadores ambientales o económicos.

Una mayor cantidad de evidencia no resuelve un problema conceptual, Es una simplificación de determinada realidad bajo ciertas condiciones. No es la totalidad. Lo que está en discusión no es solamente la gravedad de los acontecimientos, sino la capacidad explicativa de nuestros conceptos y categorías.

III. Cuando la palabra colapso reaparece

Aquellas unidades linguisticas son transhistóricas No emergen del sistema-cerebro por orden espontáneo No son estáticas. Son individuos que vienen y van Nacen, fenecen… Son zombificadas Vuelven cuando la entropía incrementa Cuando la información es rebelde con las categorías existentes

La palabra Colapso permaneció al margen de las ciencias sociales durante gran parte del siglo XX. No hacia falta siquiera pensarlo más que para describir la caída de la civilizaciones antiguas.

Mientras la economía de receta de cocina ni siquiera pudo patentar una teoría sobre la crisis, la economía política marxista se enfrasco en debates entre las corrientes ortodoxas y heterodoxas en relación al análisis del capitalismo mediante la categoría de crisis; un tanto más se aventuro a teorizar sobre un derrumbe sistémico y que años más tarde perdió veracidad cuando el capitalismo demostraba una y otra vez su capacidad de supervivencia. En tanto, las otras ciencias sociales analizaban los efectos del capitalismo, incluso antes de conocer su funcionamiento, para hablar sobre procesos de modernización, desarrollo, cambio institucional, y un gran etcétera.

El motivo fue simple: La aceleración del cambio climático La pérdida de biodiversidad Los fenómenos climáticos cada vez más extremos El vaciamiento de las democracias La tirania del capital transnacional Las crisis de sobreproducción y acumulación La debilidad intencional del sistema financiero Interminable e insuficiente hablar de crisis Categoria transhistórica ya obsoleta Finalmente: pensar sistémicamente. Sospechas Intuiciones ¿Catastrofismo? ¿Fin del prometeismo tecnológico? ¿Crónica de una muerte anunciada? Un Colapso como forma de designar realidades divergentes Crisis que se alimentan y retroalimentan unas con otras: el atolladero No hay futuro en una sociedad antropocentrista que ya piensa desde el futuro: incompatible El mensaje dice: Reproducibilidad de la sociedad= negativo Bajo qué condiciones materiales sigue existiendo= positivo Mitigación o adaptación

Colapso: Problema de complejidad social ↓ Problema de sistemas complejos ↓ Biofísica ↓ Dentro del capitalismo

Si el capitalismo representa una forma histórica particular de organización de la producción, por ende, los conceptos y categorías que se utilizaron para estudiar la caída de civilizaciones anteriores, no aplica. El proyecto civilizatorio capitalista es impulsado por la acumulación de capital. La compresión de su funcionamiento es clave para no reducir su dinámica a la institucionalidad, a la racionalidad aparente de la economía de manual. La sociedad capitalista no es una civilización enfrascada en un ciclo infinito de ascensos y caídas.

El capitalismo es una sociedad organizada por la producción y para la producción. Es una forma de organización social capturada por la máquina como criterio de eficiencia, de rentabilidad, de eficacia, de bienestar y de éxito para las existencias humanas. Es aquí donde cuestionaríamos hasta qué punto existe el libre albedrío, o injerencia humana, dentro del capitalismo. La complejidad nos obliga a comenzar a descentrar al sujeto del objeto. Lo que finalmente nos lleva al mismo camino:

El capitalismo aun así depende de la transformación permanente de sus propias condiciones de existencia. En tal sentido, qué implicaría exactamente un colapso para un sistema que sobrevive gracias a las crisis constantes. La pregunta principal no es si el capitalismo puede colapsar. Utilizando la lógica más evidente: ¿Cómo hablar de colapso cuando el capitalismo continúa produciendo mas tecnología, más inteligencia artificial, más infraestructura, mayores ganancias. Es una crisis infinita, una prisión en la que todas las existencias están en el equilibrio perfecto. Todo parece indicar exactamente lo contrario: La maquinaria sigue expandiéndose. Conclusión antropo-capitalocentrista: Todo va a estar bien No hay colapso. El equilibrio ya no consiste en suprimir a la crisis Consiste en administrarla indefinidamente El neovampirismo capitalista sigue creyendo que puede succionar a Gaia indefinidamente Ese es el problema… …dentro del problema Eso que sobrevive por el caos Comienza a erosionar las condiciones que hacían posibles ese mismo caos La singularidad superior que nos ha rodeado siempre El geotrauma emerge: condición de supervivencia del capitalismo Colapso no es el final. Es una forma especifica de movimiento No existe oposición entre reproducción y destrucción Funcionan en coordinación Momentos simultáneos de una misma lógica

IV. El colapso y la temporalidad capitalista

Hasta aquí el problema parecía consistir en determinar si el capitalismo se dirige o no hacia un colapso. Esa formulación, sin embargo, conserva un supuesto que conviene abandonar. Continúa imaginando el colapso como un acontecimiento futuro cuya llegada todavía puede verificarse o refutarse. El concepto permanece subordinado a la cronología: primero habría normalidad, luego crisis y finalmente colapso. Esa secuencia resulta demasiado simple; no porque el tiempo haya dejado de transcurrir, sino porque las transformaciones que intenta describir ya no obedecen a una temporalidad lineal. Quizá el primer error consista en pensar el colapso como un destino cuando su función analítica es otra: el colapso no nombra un acontecimiento, sino una forma específica de organizar el tiempo.

Las crisis clásicas del capitalismo podían representarse mediante una figura relativamente estable. La acumulación encontraba límites, esos límites desencadenaban una destrucción parcial del capital y, tras un periodo de reestructuración, comenzaba un nuevo ciclo de expansión. La ruptura constituía un momento interno de la reproducción. El tiempo permanecía organizado alrededor de la expectativa de recuperación. El colapso altera precisamente esa arquitectura temporal; no porque elimine las crisis —las conserva—, sino porque disuelve el supuesto de que cada una de ellas prepara las condiciones para una nueva estabilidad. La reproducción deja así de preceder a la destrucción para empezar a confundirse con ella, una dinámica que encuentra en la innovación tecnológica un ejemplo evidente. Durante gran parte de la historia industrial, el aumento de la productividad ampliaba simultáneamente la capacidad de acumulación y la incorporación de fuerza de trabajo. Existían tensiones, desigualdades y conflictos, pero la expansión económica seguía funcionando como un mecanismo relativamente integrador.

Hoy la situación parece distinta. A medida que la automatización incrementa la productividad y el capital continúa acumulándose, la incorporación de trabajo vivo deja de crecer al mismo ritmo. Así, la misma innovación que fortalece determinadas formas de acumulación reduce la capacidad del sistema para integrar a los sectores desplazados: el éxito económico comienza a producir fragilidad social. Lejos de tratarse de un efecto secundario, es el propio mecanismo de reproducción el que genera sus nuevas formas de descomposición.

Lo mismo ocurre con la extracción energética: la expansión productiva exige una intensificación permanente del metabolismo entre sociedad y naturaleza, donde cada incremento de la productividad demanda mayores flujos de energía, agua, minerales, infraestructura y transporte. La acumulación no se detiene, pero avanza erosionando de manera progresiva las mismas condiciones biofísicas que la sostienen.

El sistema sigue funcionando. Modifica aquello que necesita para continuar funcionando. La contradicción ya no es reducible a la dicotomía entre capital y trabajo. Comienza a desplegarse entre el proceso de reproducción del capital Entre las condiciones de posibilidad de esa reproducción.

Quizá sea esta la característica más determinante del colapso: lejos de señalar la desaparición inmediata del capitalismo, describe un régimen histórico donde reproducción y destrucción dejan de ser momentos sucesivos para volverse simultáneos. La destrucción ya no se presenta como el precio excepcional del progreso, sino como una condición permanente de su funcionamiento. De este modo, cada solución desplaza las contradicciones hacia una escala superior, cada estabilización incuba nuevas inestabilidades y cada intento de recomposición incrementa la complejidad de los problemas que deberá afrontar el siguiente. No asistimos al fracaso del sistema, sino al éxito de una dinámica que ha perdido la capacidad de distinguir entre expandirse y erosionar las condiciones de su propia continuidad.

Es en este punto donde el tiempo adquiere una configuración distinta:

El futuro, lejos de presentarse como una promesa de desarrollo, empieza a operar como una fuerza activa que reorganiza las decisiones del presente. Así, las políticas energéticas no responden ya a las necesidades inmediatas, sino a escenarios climáticos proyectados a décadas vista; los mercados financieros descuentan expectativas venideras para reestructurar inversiones actuales; los Estados planifican infraestructuras ante riesgos aún inéditos y las migraciones se desencadenan incluso antes de que los territorios se tornen inhabitables.

El futuro deja de esperar. Empieza a gobernar. No porque pueda conocerse con certeza. Sino porque la anticipación se convierte en una condición material del presente. El tiempo cambia de dirección.

Pensar el colapso exige, por lo tanto, abandonar una premisa profundamente arraigada: no avanzamos desde un presente estable hacia una catástrofe futura; al contrario, eso que llamamos presente ya se encuentra atravesado y organizado por futuros de por sí incompatibles.

Algunos buscan sostener el modelo actual apoyándose en la tecnología, la inteligencia artificial, la geoingeniería o las finanzas. Otros prevén un escenario de fronteras fragmentadas, autoritarismos ecológicos y economías de excepción. Unos más imaginan una reorganización basada en la relocalización, la reciprocidad y la reducción del consumo metabólico. El colapso no determina cuál de estas alternativas se impondrá: define el espacio en el que han empezado a colisionar. Es por ello que no puede encasillarse como un problema técnico, económico o político; éste actúa en otro nivel.

El colapso es, en definitiva, una palabra que intenta nombrar el momento en que las múltiples temporalidades dejan de converger bajo una misma promesa histórica. La modernidad organizó su experiencia alrededor de una dirección privilegiada —desarrollo, progreso, crecimiento—, y el colapso comienza precisamente cuando esa flecha deja de estructurar el conjunto: no porque el tiempo se detenga, sino porque se multiplica. Diversas trayectorias avanzan hoy en simultáneo, acelerándose, interfiriéndose y bloqueándose entre sí. Lo que emerge no es el final de la historia, sino el fin de una historia única capaz de organizar a todas las demás.

V. Pensar después de la crisis Toda investigación comienza mucho antes de ofrecer respuestas. Comienza cuando una palabra deja de encajar con los problemas que pretende nombrar. Eso es, precisamente, lo que este expediente ha intentado mostrar. La discusión no partió de una definición del colapso. Partió de una incomodidad conceptual. La categoría de crisis, durante mucho tiempo suficiente para describir las interrupciones del capitalismo, parece enfrentarse hoy a fenómenos cuya articulación desborda su capacidad explicativa. Ese desplazamiento ha favorecido el regreso de una palabra que permanecía relativamente periférica dentro de las ciencias sociales: colapso. Sin embargo, identificar ese retorno no equivale a comprenderlo. A lo largo de las páginas anteriores aparecieron formulaciones profundamente distintas bajo un mismo término. En algunos casos, el colapso designa la pérdida de complejidad de una organización social; en otros, la convergencia de límites biofísicos; en otros más, una transformación histórica del capitalismo o un horizonte civilizatorio. Estas formulaciones no son necesariamente incompatibles, pero tampoco resulta evidente que describan el mismo fenómeno. El primer resultado de esta investigación consiste, precisamente, en reconocer esa indeterminación. Quizá la pregunta inicial estaba mal planteada. No se trata todavía de responder qué es el colapso. Tampoco de decidir si constituye un concepto, una categoría analítica, una hipótesis histórica, una metáfora heurística o un nuevo paradigma interpretativo. Responder cualquiera de esas preguntas demasiado pronto supondría dar por resuelto aquello que justamente motiva la investigación. La tarea inmediata es otra. Consiste en reconstruir el espacio conceptual dentro del cual la palabra colapso ha comenzado a adquirir relevancia. No para estabilizar su significado, sino para comprender qué problemas intenta resolver y cuáles deja todavía abiertos. En este sentido, el objeto del expediente no es el colapso en sí mismo, sino las condiciones intelectuales que hacen posible su reaparición. Esta distinción no es menor. Con frecuencia, las categorías más importantes de una época no emergen porque hayan sido definidas con precisión, sino porque distintas disciplinas comienzan a utilizarlas para señalar un mismo campo de incertidumbre. Antes de convertirse en conceptos estables, funcionan como puntos de condensación donde convergen preguntas aún irresueltas. Tal vez el colapso se encuentre precisamente en esa situación. Si esta hipótesis es correcta, el problema ya no consiste en decidir si debemos o no incorporar el término al vocabulario de la teoría crítica. La pregunta pasa a ser otra: ¿Qué operación teórica está intentando realizar esta palabra que otras categorías parecen haber dejado de realizar? Responder esa pregunta exige suspender, al menos provisionalmente, cualquier definición definitiva. Significa tratar el colapso menos como una respuesta que como un problema de investigación. Por ello, este expediente no concluye con una tesis cerrada. Concluye delimitando un programa de trabajo. Entre las preguntas que permanecen abiertas destacan, al menos, las siguientes: • ¿Qué diferencia analítica existe entre crisis y colapso? • ¿Hasta qué punto el colapso constituye un problema específico del capitalismo o una categoría aplicable a otras formaciones históricas? • ¿Es posible hablar de múltiples formas de colapso o el término presupone un único proceso? • ¿Describe un acontecimiento, una dinámica, una temporalidad, un régimen histórico o una combinación de ellos? • ¿Qué tradiciones teóricas permiten comprender mejor su emergencia contemporánea y cuáles resultan insuficientes?

Responder a estas preguntas requerirá expedientes posteriores. Éste perseguía un objetivo más modesto: no el de demostrar que el colapso constituye la categoría definitiva para pensar el presente, sino el de evidenciar que la discusión ya no puede limitarse a la noción de crisis sin dejar fuera una parte sustancial de las transformaciones contemporáneas. En ese sentido, el expediente permanece abierto; no por haber fracasado en alcanzar una conclusión, sino porque su resultado principal consiste, precisamente, en haber identificado un problema cuya complejidad impide clausurarlo prematuramente.